Prodinco: dos muertos y veinte años con justicia a medias

El 15 de agosto de 1999 será recordado por los piquenses como una marca negra, que enlutó a todos por la trágica muerte de dos servidores públicos en el marco de un siniestro nunca antes vivido.

Pero también debiera quedar en la memoria como una página oscura y densa, como el humo que esa tarde cubrió la ciudad, de la política enmarañada en promesas de progreso y negocios.

Dos muertos, Omar Pérez y Javier Olguín, parte de la primera dotación que llegó hasta la esquina de 26 y 109 para combatir un siniestro, cuando la gracia del destino quiso que decenas de compañeros suyos ese mismo día, esa misma tarde, estuvieran en Pico realizando una capacitación, dato que sería clave para contener lo incontenible.

Javier y Manuel se apostaron al frente, casi sin medir riesgos, como lo hacen los bomberos en cada servicio, como dos figuras diminutas que arrojaban un chorrito de agua sobre una bestia que despertaba, dentro del galpón histórico de la ex Zampieri y Quaglini, ya quebrada y ese mismo día resumida a cenizas en la nefasta década del 90.

Apenas un par de minutos pasaron cuando se escuchó el crujido de la pared que cedió y aplastó a los dos bomberos y lastimó a otro compañero que estaba detrás. La bestia había despertado y aparecía en lenguas de fuego que por el momento solo asustaban, aún no llegaban a mostrar su plena dimensión y ya habían ocasionado dos pérdidas irreparables.

El siniestro ya había advertido que sobrepasaba la capacidad de una o dos autobombas y un puñado de bomberos, era la hora de convocar a todos los que estaban en el cuartel, de Pico y de la zona. Pero se hacía necesario, vital, imprescindible, saber contra qué se luchaba. Cuando alguien hizo esa pregunta, sin saberlo aún, comenzaba a desnudar la oscura maraña de política y negocios.

Durante horas los bomberos atacaron con agua un siniestro que no se combatía con agua, hasta que alguien –no se sabe aún quien- develó que lo que allí se guardaba era ni más ni menos que la materia prima para construir los caños del Acueducto del río Colorado. Hasta tal punto era el desconcierto que un hombre llegó ofrecer un avión hidrante para arrojar cientos de litros desde el aire, lo que se habría convertido en una trampa mortal, aún mucho más mortal de lo que para ese momento era.

Durante todo ese día, durante toda la noche y madrugada siguiente, incluso por un par de día más, mientras lloraban sus muertos, los bomberos piqueneses y de la zona trabajaron incansablemente para contener las llamas, dejar que todo se consuma, sin que el fuego se lleve un barrio. A esa altura ya no importaba cuán tóxico era el humo emanado de ese galpón, ni siquiera se sabía con certeza.

Mientras hombres y máquinas trabajaban, no pocos comenzaron a formularse las preguntas que ni el tiempo ni la justicia pudieron contestar. ¿Por qué se había instalado un polvorín en el medio de la ciudad? ¿Quién había autorizado que llenaron un galpón con materiales peligrosos? Desde el municipio local salieron a manifestar que “desconocían” que ese galpón había sido utilizado para tal fin.

Como referencia histórica, algunos nombres: Rubén Hugo Marín (gobernador), Américo Guatieri (el empresario), Luis Alberto Campo (intendente) y Alberto Ramón Campo (responsable municipal de habilitaciones).

La noche del incendio, en plena oscuridad, deambularon por unos minutos el gobernador y el empresario. Llegaron a oscuras, se fueron a oscuras, antes que la cercanía con las llamas lograran identificarlos ante la bronca acumulada de cientos de vecinos.

El tiempo pasó y la Justicia estableció que dos niños jugando generaron el siniestro. Eran niños, por supuesto que no les cabía pena. Lamentablemente la misma justicia no avanzó ni un centímetro en la responsabilidad política de quienes permitieron que allí se instale una bomba. El gobernador siguió siendo gobernador, el empresario negocios en otro lado, el intendente como intendente y, el responsable de habilitaciones, premiado tiempo más tarde como jefe comunal de una villa turística pampeana.

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