Nuestra propia canción (*)

Por Eduardo Luis Aguirre

Quinientos años de ininterrumpida colonialidad nos llevaron a presumir que la historia no abarcaba a otros pueblos que no fueran los que proclamaron la centralidad moderna de Europa. Más aún, la connotación inexorablemente institucional del racismo llevó a muchos prohombres emblemáticos del mito del progreso a dudar y negar la condición humana de los pueblos subalternos.

Eran estos pueblos agregados sin historia, sin conocimiento científico, sin espiritualidad, sin arte, sin un pensamiento complejo acorde con el cogito cartesiano, la razón kantiana o el idealismo hegeliano. Eran, en definitiva, razas subalternas. Subhumanos o no humanos, en la percepción perenne de los dominadores. Lo fueron, con matices, el mundo árabe, los chinos, los hindúes, los pobladores originarios de Abya Yala y las civilizaciones bantúes.

“Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción del niño
Ellas saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito.
Las mujeres encuentran la canción, la entonan y cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás”.

Tanto fulgor citadino, tanta devoción por la razón y por el Ser no nos permitieron razonar sobre la perentoriedad de habitar la comunidad como única forma de reconstruir los lazos disueltos de las sociedades colonizadas por el dispositivo neoliberal. Como sí lo hicieron, y está a la vista, los pueblos africanos. Viviendo en conjunto, leal y pacíficamente. Construyendo su propia filosofía. Que es el ubuntu.

“Cuando nace el niño, la comunidad se junta y le canta su canción Luego, cuando el niño va a comenzar su educación, el pueblo se junta y le canta su canción”.

El niño y el pueblo de las comunidades africanas, los niños sagrados de nuestros pueblos originarios, el canto compartido de pueblos abrazados y organizados mediante el amor y la solidaridad. Mediante la espiritualidad y la alteridad. Eso, que alguna vez, hace mucho tiempo, perdimos, es nada más y nada menos que nuestra memoria profunda hecha cultura. Construida durante milenios y devastada por la invasión y la exacción perpetrada en todo el mundo por las potencias centrales hegemónicas de un sistema de control global punitivo.

“Cuando se inicia como adulto, nuevamente se juntan todos y le cantan”.

El ser humano, adulto ya, ingresa a la comunidad, a la que perteneció siempre. Porque el hombre nunca fue individuo. Desde el fondo de los tiempos fue comunidad. En ella nació, se crio, aprendió a respetar sus ritos y sus símbolos, su sistema de creencias y su cosmogonía, a coaligarse y resolver sus diferencias de manera no violenta, mediante un ejercicio dialógico, solidario y simbólico de amor por el Otro.

“Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción en voz de su pueblo”.

El pueblo, construido ancestralmente, pone en práctica un ejercicio participativo y armónico, afectivo y humanitario de demanda equivalencial de clave prelaclausina. Espera cosas de esa pareja y está dispuesto a hacer las que resulten necesarias para que los componentes de la nueva unión alcancen una vida digna, un buen vivir, una existencia plena.

“Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama y del mismo modo que hicieron en su nacimiento, le cantan su canción para acompañarle en el viaje”.

La canción arropa y acompaña, recuerda y comparte la emoción del adiós. El que se va la escucha, la percibe y la imagina. Y sabe que el final será el mejor, rodeado de sus afectos, que son parte de su comunidad cercana. Y quizás no experimentará miedo alguno. Porque, como también lo enseñan los siete principios de la sabiduría tolteca, los seres humanos dejan de temer a la muerte cuando incorporan efectivamente su condición finita. El canto de la propia canción es el mejor alerta para una conciencia que debe asumirse, yaciendo en paz, como inexorablemente mortal.

“En esta tribu, hay una ocasión más en la que los pobladores cantan la canción. Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se le lleva al centro del poblado y toda la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces... le cantan su canción.

La tribu sabe que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo, sino el amor y el recuerdo de su verdadera identidad.
Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otros.
Tus amigos conocen tu canción, y te la cantan cuando la olvidaste.
Aquellos que te aman no pueden ser engañados por los errores que cometes o las oscuras imágenes que a veces muestras a los demás.
Ellos recuerdan tu belleza cuando te sientes feo, tu totalidad cuando estás quebrado, tu inocencia cuando te sientes culpable, tu propósito cuando estás confundido”.

Si algo distingue a los pueblos sabios, civilizados, capaces de desarrollar un conocimiento antes que un saber, anclados a la gravitación total de su tierra, de su percepción del mundo, de la naturaleza y del buen vivir comunitario, es su reacción frente a las infracciones. Frente a lo distinto, a lo inesperado, a lo reprobado por los demás miembros de la comunidad. Por eso sus amigos le cantan su canción al ofensor. Para que una vez más la recuerde, sepa de dónde viene y a quién o quiénes se debe, quienes habrán de perdonarlo y reintegrarlo. Aunque el acto sea aberrante. Sin castigo ni violencia. Sin venganza y sin vergüenza. Sus amigos y los demás miembros de su pueblo saben que, al escuchar la canción, el que cometió ese error ya no volverá a hacerlo. Lo impedirá su sentido de pertenencia a la comunidad y a la tierra en la que vive.

“No necesito una garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y sopla en mi alma como el viento, refresca mi corazón como la lluvia y limpia mi mente como el humo del fuego sagrado”.

El ser humano, el niño que se hace adulto, el anciano que se acerca al final irreversible, la comunidad, el infractor y sus vecinos y amigos saben que son hombres que integran un espacio de vida. Una naturaleza de la que la comunidad es parte y a la que no pueden agredir ni devastar. Por el contrario, es una suerte de Pacha Mama que deben proteger. A la que seguramente no piensan ni imaginan enajenar. Porque nadie vendería a su Madre. Porque la tierra no es de ellos. Ellos pertenecen a la tierra. La sangre de sus venas es de la tierra. Como los mapuches y ranqueles. Como la mayoría de las restantes civilizaciones a las que suponemos “atrasadas” con banal brutalidad. Siempre fue así. Hasta que llegó el capitalismo.

Hasta hace, apenas, unos pocos siglos. Cuando comenzó la apropiación y la degradación brutal de la tierra. Ser humano, en este siglo de violencia infinita, es mirar hacia atrás, contemplar la historia, recuperar, conservar, distinguir lo que concierne a la naturaleza humana y lo que es, simplemente, la imposición de la técnica heideggeriana, una forma absolutamente contingente de acumulación y salvajismo global.

(*) Tolba Phanem, poeta y militante africana.

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