Crónica de una derrota anunciada y el enojo con Francisco Torroba

El intendente Leandro Altolaguirre, junto a su hermano Hipólito, se acercó hasta el CEPAM para saludar al ganador Luciano di Nápoli. Antes, un militante cruzó al diputado electo: “¿Estás cansado, Francisco? ¿Estás cansado?... seguí así, siempre igual vos, la PMQTRP”.

Son las 19:28 de la tarde, ya casi noche, de un día otoñal en Santa Rosa. El secretario de Gobierno municipal, Fernando Pina, deja el Comité de la UCR de la calle Pellegrini debajo de dos hileras de focos que cruzan la calle de par en par con todas las luces apagadas. Sus ojos vidriosos, al borde de las lágrimas, evidencian la derrota.

Adentro, unas cincuenta personas, unos cuántos jóvenes y un par de adultos mayores, esperan noticias. Se abre la puerta, salen Poli y Leandro Altolaguirre, las dos personas que llevaron adelante la gestión de la capital pampeana en los últimos cuatro años.

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El intendente, Leandro, se para con los pies abiertos, las manos en la cintura y dice: “Vamos a ir a saludar a Luciano y a felicitarlo por la victoria”, una decena de grabadores se acerca para captar su voz.

Apenas una hora y media después del cierre de los comicios, Cambiemos asumió una derrota a manos del kirchnerista Luciano di Nápoli.

Minutos después, Poli Altolaguirre se planta ante los militantes que resistieron hasta último momento junto a sus líderes y les habla: “Se perdió... pero bueno, la democracia es así, a veces se gana y a veces se pierde, pero la gente cuando vota siempre tiene razón y da su premio y su castigo. Tenemos que reconocer que hemos perdido la ciudad”. Fueron 38 segundos, Poli tomó un mate, abrazó a un militante que se acercó llorando y salieron a la calle.

Son las 19:40. En la esquina de Pellegrini y Escalante, Leandro Altolaguirre dialoga en vivo con una radio santarroseña; Poli, a un lado con un grupo de seis o siete seguidores fieles, se refugia del frío. De pronto aparece en el horizonte el diputado nacional de Cambiemos Francisco Torroba con las manos en los bolsillos. Camina como si fuera un vecino que apura el paso para ir a jugarle a la Quiniela, antes del cierre.

Poli lo chistea, se miran, caminan unos pasos juntos. “Perdimos por varios puntos”, le dice el hermano del intendente. Un militante le pregunta enfurecido: “¿Estás cansado, Francisco? ¿Estás cansado?... seguí así, siempre igual vos, la PMQTRP”. Torroba agacha la cabeza y se va. Los reproches dentro de Cambiemos no tardaron en llegar y en hacerse visibles.

La Renault Duster Oroch gris y el Fiat Punto blanco avanzan por las calles santarroseñas uno detrás de otro. Estacionan a las 19:50 en Plumerillo y Luro, en el centro de cómputos del PJ santarroseño. Se bajan tres asesores y preguntan por Di Nápoli. El nuevo intendente no está.

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El cortejo espera durante diez minutos enfrente del Supermercado La Anónima, el estacionamiento está desolado. Por la calle Luro pasa a toda velocidad un Palio color mostaza tocando bocina, celebrando la victoria. Todos lo miran pasar.

Llega un mensaje de texto al teléfono de los Altolaguirre y parten en caravana nuevamente por la calle Dante Alighieri rumbo a la avenida España. Se bajan en la esquina de Bartolomé Mitre e ingresan a la sede del CEPAM, el búnker de Luciano di Nápoli, una especie de Instituto Patria de estas pampas.

Allí está el nuevo intendente que recibe a solas al mandatario saliente. Se cierra la puerta. Se escucha la felicitación de Leandro, le da un consejo. Fueron dos minutos. Se sacan la foto con los respectivos jefes de prensa y el fotógrafo de El Diario. Son los únicos presentes.

Poli Altolaguirre les dice “celebren muchachos, seguramente estarán tan agotados como nosotros”. Y se van, son las 20:07, ya cayó la noche.

El Partido Justicialista recuperó la capital de la provincia. El kirchnerista Di Nápoli, que ya había dado el golpe en la interna al derrotar al candidato oficialista, volvió a dar la nota.

Derrotó al intendente que, con el viento a su favor, no logró conquistar a los habitantes santarroseños que se cansaron de pedirle obras en una ciudad desvastada. Obras que nunca llegaron.

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