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La hoja de bandera no espera, el costo de llegar tarde

La hoja bandera y la inmediatamente anterior constituyen una parte sustancial de la fuente de fotoasimilados
La hoja bandera y la inmediatamente anterior constituyen una parte sustancial de la fuente de fotoasimilados
Mariano Fava - Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) Posgrado en Agronegocios y Alimentos "X": @MARIANOFAVALP

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EL DIARIO digital

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Hay momentos del ciclo agrícola en los que el resultado de una campaña comienza a definirse mucho antes de que la cosechadora ingrese al lote. En el trigo, uno de ellos transcurre entre la aparición de la hoja bandera y el llenado de los granos. Allí, cuando el cultivo empieza a traducir en rendimiento el potencial construido durante meses, la sanidad deja de ser una cuestión accesoria para convertirse en una decisión económica de primer orden.

La hoja bandera y la inmediatamente anterior constituyen una parte sustancial de la fuente de fotoasimilados que sostiene el llenado. Preservar ese tejido verde es, por lo tanto, defender el peso del grano, el rendimiento y, en última instancia, el margen bruto. La ecuación es sencilla; llevarla a la práctica, no tanto. Octubre suele combinar temperaturas favorables para el desarrollo de enfermedades, lluvias intermitentes, períodos de elevada humedad y dificultades operativas que complican la entrada oportuna al lote.

La roya de la hoja, causada por Puccinia triticina, es una de las amenazas más extendidas del trigo argentino. En cultivares susceptibles, una epidemia que alcanza las hojas superiores puede reducir de manera significativa la capacidad fotosintética durante el período crítico. La roya amarilla (Puccinia striiformis), por su parte, merece atención aun cuando las temperaturas comienzan a elevarse: su comportamiento puede variar con las razas presentes y la susceptibilidad varietal, como quedó demostrado en las epidemias que afectaron al país en campañas anteriores.

La magnitud del daño depende de la severidad, el momento de infección, el material sembrado y el potencial de rendimiento. Ensayos difundidos por especialistas del INTA muestran que las pérdidas pueden alcanzar decenas de kilogramos por hectárea por cada incremento porcentual de severidad, con diferencias entre enfermedades y ambientes. No se trata de trasladar automáticamente esos valores a cualquier establecimiento, sino de comprender la velocidad con la que una epidemia puede consumir un capital productivo que ya está en formación.

Por eso, esperar a que la enfermedad resulte evidente en todo el lote no constituye una estrategia conservadora. Puede ser, sencillamente, una decisión tardía. El monitoreo de las hojas superiores, la identificación del cultivar, la evolución de los síntomas y el pronóstico meteorológico deben orientar la intervención. El calendario aporta una referencia; el diagnóstico agronómico define la oportunidad.

Con la fusariosis de la espiga, el problema adquiere otra dimensión. Causada principalmente por Fusarium graminearum, esta enfermedad no solo puede comprometer el rendimiento y el peso de los granos, sino también su calidad comercial e inocuidad por la eventual presencia de micotoxinas, entre ellas el deoxinivalenol (DON). El perjuicio, entonces, no termina en la balanza: puede continuar en los descuentos, las restricciones comerciales y las dificultades para colocar la mercadería en determinados destinos.

La floración es el período de mayor susceptibilidad. La coincidencia de lluvias, humedad elevada y temperaturas favorables durante la antesis puede generar condiciones propicias para la infección en una ventana particularmente estrecha. De allí la importancia de los modelos de pronóstico y las herramientas de alerta desarrollados por el INTA, que permiten relacionar las variables meteorológicas con el riesgo sanitario. La información climática, correctamente interpretada, tiene aquí un valor que excede largamente el de una consulta de rutina: puede determinar si una aplicación resulta oportuna o llega cuando una parte del daño ya está consumada.

Cuando coinciden roya activa en las hojas superiores y condiciones predisponentes para fusariosis, el manejo requiere distinguir objetivos. Una cosa es preservar el área foliar; otra, proteger la espiga durante la floración. No siempre una misma intervención puede resolver eficazmente ambos problemas, porque difieren el momento óptimo, el sitio de acción y la respuesta de los principios activos.

Los triazoles ocupan un lugar importante en el control de royas, mientras que determinadas mezclas con estrobilurinas amplían la protección frente a otras enfermedades foliares. Pero la elección no debería convertirse en una carrera por sumar ingredientes activos. Más componentes no significan necesariamente mayor eficacia ni mejor retorno económico. La decisión debe considerar el diagnóstico, la presión de enfermedad, el perfil sanitario del cultivar, el costo del tratamiento y la probabilidad de recuperar esa inversión mediante el rendimiento protegido.

En fusariosis, además, hay que extremar la precaución. La eficacia de los fungicidas es variable y depende, entre otros factores, de la oportunidad y la cobertura de las espigas. Algunas combinaciones de principios activos pueden incrementar el riesgo de acumulación de micotoxinas en determinadas condiciones. Por eso, corresponde utilizar productos registrados y respaldados específicamente para ese objetivo, siguiendo las recomendaciones técnicas y el marbete. La estrategia foliar no debe trasladarse mecánicamente a la floración.

Tampoco existe una residualidad invariable. La duración efectiva de la protección depende del producto, las precipitaciones posteriores, el crecimiento del cultivo y la presión de inóculo. Los bioestimulantes, elicitores y fertilizantes foliares pueden tener sentido en planteos específicos, pero no reemplazan al fungicida ni compensan una intervención fuera de tiempo. Cada agregado al tanque necesita una justificación técnica y económica; de lo contrario, solo engrosa la cuenta de insumos.

La dimensión nacional ayuda a comprender lo que está en juego. La campaña triguera 2025/26 alcanzó, según las estimaciones difundidas por la Secretaría de Agricultura, una producción récord de 27,8 millones de toneladas, con un rendimiento promedio de 41,3 quintales por hectárea. Detrás de esas cifras hay genética, tecnología, inversión y capacidad de gestión. También una responsabilidad: preservar, en la medida de lo posible, el resultado de todo ese esfuerzo frente a riesgos sanitarios que pueden anticiparse, aunque no siempre evitarse por completo.

El fungicida protege; no resucita tejido perdido ni revierte el daño ya producido. En trigo, la diferencia entre una intervención rentable y un gasto difícil de recuperar suele depender menos del precio del producto que de la oportunidad con que se toma la decisión.

La hoja bandera no anuncia cuándo empieza a perderse el rendimiento. Cuando el daño se vuelve evidente, una parte de la oportunidad agronómica puede haber quedado atrás. Y esa es, precisamente, la cuestión que merece atención en cada octubre: en agricultura, no siempre pierde más quien enfrenta el mayor riesgo; muchas veces pierde quien lo reconoce demasiado tarde.

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